Miércoles, 14 de Febrero de 2018

La libertad: ¿un derecho humano?

Por: MARíA EUGENIA ESTENSSORO

Después de ver por segunda vez la exposición del artista chino Ai Weiwei en la Fundación Proa de la Boca (abierta hasta el 2 de abril), me pregunto si la libertad sigue siendo un derecho humano inalienable en la sociedad actual o es tan sólo una opción más.

 

Me preocupa el surgimiento de China como la segunda (¿o será la primera?) potencia mundial, aceptada y admirada por su impresionante desarrollo económico de las últimas décadas. Me preocupa que se valide una dictadura política y un capitalismo de Estado feroz, con estándares legales, laborales, políticos y ambientales más cercanos al siglo 19 que al 21, que además está condicionando seriamente la política, la economía, la producción y el comercio del resto del mundo. China controla gran parte del sistema financiero mundial. Cuatro bancos chinos están entre los cinco más poderosos del planeta.

 

Pero lo que más me preocupa es ver que quienes vivimos en países donde la libertad y los derechos humanos son la base de nuestros sistemas políticos y económicos, somos indiferentes ante el sojuzgamiento de quienes viven bajo un férreo estado policial. “Ellos tienen otra cultura”, justifica la mayoría de los gobernantes y empresarios occidentales, quienes prefieren hacer negocios con China y mirar para otro lado. “Antes no comían y ahora sí”, agregan, como si comer, pensar y elegir fueran derechos humanos contrapuestos.

 

China es una dictadura. En plena era del conocimiento y las comunicaciones instaló un escudo tecnológico para controlar y censurar la información que circula por las redes digitales en su territorio. Quienes critican la falta de libertad o denuncian el abuso de poder son enviados a campos de reeducación ideológica y trabajos forzados. Los más rebeldes son juzgados y encarcelados sin garantías procesales. En 2017 murió el escritor disidente, Liu Xiaobo, premio Nobel de la Paz en 2010, condenado a 11 años de prisión por reclamar la democratización del país. Pocos gobernantes se solidarizaron con él.

 

Ya no parecen importar (y menos movilizar) los ideales y el legado de Gandhi, Luther King, Solyenitzin, Havel o Mandela, ni la declaración de los derechos humanos elaborada tras los horrores del Holocausto. Da la impresión que hoy vale más la libertad económica que la política; son más importantes los consumidores que los ciudadanos; las inversiones que los derechos humanos.

 

De esto nos habla la exposición de Ai Weiwei, el renombrado artista chino, exiliado en Berlín. La “obra” que más me conmovió fue el mural con la cronología de su vida y la de su padre (el poeta disidente Ai Qing), entretejida con la brutal historia de setenta años de ingeniería social comunista. En 1957, año en que Ai Weiwei nació, su padre, afiliado al partido comunista, fue acusado de derechista y exiliado con su familia a una alejada provincia del noreste. Con la Gran Revolución Cultural Proletaria de Mao, como cientos de miles de intelectuales, Ai Quing fue enviado a una granja para “profundizar la reeducación de su pensamiento a través de trabajos forzados”. La familia no regresó a Beijing hasta 1975.

 

Con las reformas de Deng Xiaoping, Ai Quing fue reivindicado en 1979. Su hijo, a su vez, se unió al Grupo Stars, el primer movimiento de jóvenes artistas que rompió con la estética del Partido Comunista. Pero pronto varios de los integrantes fueron acusados de ser “espías de Occidente” y encarcelados durante años.

 

Desilusionado, en 1981 Ai Weiwei viajó a Estados Unidos para estudiar arte y vivió de changas en Nueva York durante doce años. Allí descubrió la obra de Andy Warhol y Marcel Duchamp que lo marcaron profundamente.

 

Ai Weiwei regresó a su país en 1993 poco antes de la muerte su padre. En la década siguiente se consagró internacionalmente como uno de los mayores artistas chinos de este siglo, exponiendo sus obras en cientos de museos y galerías de todo el mundo. Sin embargo, recién encontró su “misión en la vida” como “artivista”, es decir, como artista y activista político, cuando descubrió el poder de Internet y las redes sociales. Con miles de seguidores, comenzó a comentar libremente la realidad de su país y a criticar al gobierno. Especialmente tras el terremoto de 2008 en la provincia de Sichuan. Decenas de miles de estudiantes murieron debido a derrumbes provocados por la mala calidad de las construcciones educativas. El gobierno ocultó toda información. Pero Ai Weiwei utilizó su blog para reclutar voluntarios y lanzar una “Investigación Ciudadana” para compilar la lista de todos los estudiantes muertos. En 2009 el gobierno clausuró su blog. Una noche fue detenido y golpeado por agentes secretos como advertencia. Poco después tuvo que ser operado por una grave hemorragia cerebral. Desafiante, ese mismo año, Ai Weiwei inauguró una gran muestra en Munich. El frente del museo estaba decorado con un gigantesco y hermoso mural compuesto por 9.000 mochilas en alusión a los estudiantes muertos. Los diversos colores dibujaban ideogramas que componían la frase: “Ella vivió felizmente en esta tierra durante siete años”, dicha por la madre de una de las víctimas.

 

Finalmente, en 2011, Ai Weiwei fue detenido en el aeropuerto de Beijing. Las autoridades le quitaron el pasaporte y permaneció desaparecido durante 81 días, sometido a interrogatorios constantes, en aislamiento y con dos guardias parados a un metro de él tanto de día como de noche. Una vez liberado, estuvo bajo arresto domiciliario durante cinco años. En 2015, cuando le devolvieron su pasaporte, decidió radicarse en Berlín. A poco de llegar a Europa, este disidente, desterrado desde su nacimiento, se solidarizó inmediatamente con los refugiados que por millones llegan en precarias balsas al Viejo Continente. Ai Weiwei visitó 40 campos de refugiados en 23 países y realizó el documental “Marea Humana”. También instaló monumentales balsas inflables en museos, que expresan la dimensión de la tragedia. En Proa se puede ver una.

 

Irreverente, incómodo, desmesurado, profundamente humano, ¿me pregunto si Ai Weiwei logrará despertar nuestras conciencias adormecidas o si degustaremos su obra y su vida como un plato más del inagotable menú que nos propone la sociedad de consumo? A mí me impactó.

 

MARÍA EUGENIA ESTENSSORO   Ex Senadora

#1917